Mi primer contacto con el yoga

Mi madre comenzó a practicar yoga justo el mismo año de mi nacimiento. Para recuperarse del parto, decidió ponerse en forma en un centro de Zaragoza llamado Instituto Norlan. Allí, una de las entrenadoras le recomendó las sesiones de yoga. Por entonces, mi madre no sabía nada acerca del yoga, pero, por algún motivo, decidió probar. Al llegar a clase el primer día, el profesor le preguntó: “¿Por qué vienes a hacer yoga?”. Mi madre no supo qué contestar. Al acabar la clase pensó: “Esto es justo lo que estaba buscando”. Todavía hoy, a sus 74 años, sigue practicando la meditación.

Aquel profesor de yoga era Angel Peiró. Él fue el primer maestro de yoga que hubo en Zaragoza. Con el tiempo, Ángel dejó el Instituto Norlan y fundó una escuela de hatha yoga junto con su mujer Manuela. Se llamaba Shadana. Mi madre, como era de esperar, se inscribió. Algunas veces, cuando no tenía con quien dejarme, me llevaba con ella a Sadhana. El viaje en su seiscientos naranja descapotable siempre anunciaba una aventura nueva. Mientras ella estaba en clase, yo me quedaba con Manuela, la dulce Manuela, en una salita con olor a incienso y bizcocho recién horneado en la que todos los muebles estaban a ras de suelo. Allí, sentadas sobre cojines, merendábamos galletas integrales caseras con sabor a naranja y veíamos fotos de sus viajes a India. Ángel y Manuela, eran (y son) personas hechas de otra pasta, de esas que parecen estar siempre en su sitio y en perfecta armonía con lo todo que les rodea.

Nona en Yoga Sadhana Zaragoza

Nona en clase de yoga. 'Sadhana', Zaragoza

El interés de mi madre por el universo del yoga crecía cada día. Decidió dedicar más tiempo a su aprendizaje por lo que, además de acudir a las clases colectivas en Sadhana, empezó a recibir clases particulares en la Masunca, la casa de Zaragoza donde vivíamos durante la temporada estival, desde mayo hasta octubre. Siete mil metros cuadrados de terreno en los que se incluían un pinar y una gran piscina. También un huerto. Los recuerdos de la vida en la Masunca vuelven a mí en forma de olores. El de los tomates recién arrancados de la tomatera, el de la ropa de verano recién sacada del armario, el del césped recién cortado. Todo tan reciente… ¿Y las clases de yoga?, ¿a qué olían las clases de yoga? Sin duda, a incienso.

El olor a sándalo y jazmín anunciaba que esa tarde tocaba yoga en casa. Sonaba el timbre, ladraba un perro y mi madre salía a recibir a Ángel. Juntos avanzaban hasta el salón, atravesando nubes de incienso. Ángel, erguido y sereno, parecía caminar por encima de aquel humo blanco. Sentados en el suelo sobre sus esteras empezaban la clase. Yo entraba detrás y, con curiosidad infantil y silencio absoluto, me quedaba observando la escena desde un rincón. A mí, que siempre fui una niña mística y solitaria, me gustaba aquella paz. Tanto que, años más tarde, quise apuntarme a las clases de yoga infantil en Sadhana. Tras los asanas, posturas de hatha yoga que yo trataba de imitar, llegaba la hora la hora de meditar. Yo, atenta a las instrucciones de Ángel, me tendía en el suelo, relajaba mi cuerpo de los pies a la cabeza, respiraba hondo y comenzaba a pensar en nada. El resultado, para mí, era una reconfortante siesta.

En el verano de 1977 mi madre fue a un retiro de yoga en Collbató, un municipio de la comarca del Bajo Llobregat en Cataluña. Una vez más, me llevó con ella. André Van Lysebeth era el maestro que dirigía aquel seminario. Para él el yoga no consistía en complicadas acrobacias, sino en “entrar en comunicación con el propio cuerpo, penetrarlo en conciencia, transfigurarlo, espiritualizarlo”. Yo era, junto con el hijo de uno de los maestros, la única niña que había en aquel lugar. Así que allí andaba yo, entre adultos meditabundos entregados a la espiritualización de sus cuerpos. Recuerdo que ya entonces pensé que a los místicos occidentales les faltaba desparpajo y les sobraba pesadumbre. Sigo pensando lo mismo de ciertos personajes.

Seminario de yoga en Collbató

Seminario de yoga en Collbató

Volvamos al retiro de Collbató. Allí, entre pinares mediterráneos, estaba yo, como si tal cosa, practicando “jala neti” con la ayuda de dos amigas de mi madre. Hablamos de una práctica originaria de India, con más de tres mil años de antigüedad, que consiste limpiar el conducto nasal introduciendo agua salada por un orificio y sacándolo por el otro.

El yoga, en particular el hatha yoga, posee un extenso repertorio de técnicas de purificación corporal (kriyas) que intentan mantener el cuerpo, en tanto que instrumento de manifestación de la vida, en óptimo funcionamiento.

Pues bien, esta práctica en concreto permite, según dicen, mejorar la capacidad respiratoria (cantidad y calidad), ayudar a prevenir y mejorar muchos tipos de desórdenes como alergias, congestión nasal, resfriados, asma, sinusitis, bloqueos nasales crónicos, respiración por la boca e incrementar la energía vital de todo el organismo. En definitiva, y según el Gheranda Samhita (un manual de hatha yoga del siglo XVII), con esta práctica “se curan los desórdenes debidos a la flema y aumenta la visión interior”.

Después de aquel retiro, mi madre siguió insistiendo en los beneficios de practicar “jala neti” en casa, hasta que yo decidí abandonar. La verdad, no conocía a uno sólo de mis amigos o compañeros de clase a los que instaran a hacer una cosa tan rara. Aunque, para raro lo de los rusos que, según he sabido, lo han convertido en un insólito deporte de competición en el que son líderes mundiales. Sin embargo hoy, que nadie me dice lo que tengo que hacer, reconozco las virtudes de esta práctica que he retomado en forma de “Rhinomer”. Al final, las madres siempre tienen razón. Altamente recomendada.




Sobre la autora:
NonaNona Rubio es colaboradora de Sociedad Geográfica de las Indias. Le apasiona viajar y nos cuenta historias que hablan de un país inabarcable con el que hay que ser paciente si lo que pretendemos es conocerlo por dentro. Para más información: [Quiénes somos]

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