Cinco postales desde el sudeste asiático

Estamos lejos, pero no dejo seguir al Mekong.

Por Alberto Piernas


Querido tú:

Todo el mundo avanza hacia Angkor Wat para ver el amanecer que comenzará a bañar de luz los templos a las 5:55. Todos preparan el móvil, se debaten entre modo nocturno o no. Camino junto al guía, en la selva aún apoya los codos, se escuchan los sonidos de antiguas bestias y alguien cuenta una historia. Es curioso que, en este mundo rápido, olvidamos la víspera. Todo lo que puede nacer en el amanecer de las cosas antes de sucumbir a una luz cegadora.

Alberto Piernas

Querido tú:

Luang Prabang es callada y relajada, es hija de palmeras. El río Mekong todo lo vigila, pero las callejuelas tienen sus trucos: se cruzan tras un pilar de ofrendas, una buganvilla; una casa de techos inclinados que huele a ping kai, tierra húmeda y croissant de almendra, todo junto.

El día transcurre a 1.5, al atardecer suena una campana desde las montañas naranjas y vuelvo a la cama cuando ya ha cerrado el mercado. Entonces pienso que el mar está lejos, lo echo de menos, pero me protege el río y, si me pierdo, por la noche aquí no hay faros, pero todos los templos están encendidos.

บี๊ปมายัง

Querido Tú:

Aquí existen lugares a los que llegar en loto gigante. Una señora, hechicera creo, tiene un embarcadero, te dice que no temas río abajo. Llegarás a un templo de luces naranjas y hojas de banano desparramados donde colocan arroz, todos dicen gracias. Me resulta curioso, incluso admirable, dedicar unos minutos al día para pedir gracias. Recuperar todo lo olvidado.

Querido tú:

En Hoi An, hay un barco lleno de farolillos apagados atracado en el puerto. Nace en mí el impulso de continuar río abajo, lanzar por la borda cosas, apegos y fantasmas hasta volverlo más ligero. 

Podría atravesar los manglares que envuelven el pueblo hasta llegar a las playas lejanas. Pero eso será mañana, cuando la ciudad despierte entre brotes de espinaca rau muống y cucharas hundidas en sopas. Doy media vuelta y regreso junto al embarcadero, donde una mujer ha lanzado una linterna de papel cuya vela interior proyecta un haz de luz púrpura que se expande por todo el río, hace cosquillas a otras barcas y busca ocupar el lugar que deja el atardecer. 

Tras dejar atrás el arrozal que envuelve la casa de los Nguyen, entro al cuarto a escribir y veo a su hijo jugando bajo los cocoteros. El farolillo verde se ha apagado del todo, pero no importa. Su interior se ha llenado de luciérnagas.

Querido tú:

Ayer conocí a Shakib en el metro de Singapur. Le pregunté por la parada de Marina Bay y él me dijo que buscaba la misma. De camino, me contó que era de Bangladesh y estaba de paso en Singapur por trabajo, pero que quería aprovechar unas pocas horas para ver las luces de los Supertree. Parecía preocupado, como si toda la vida le fuera en ello. Tras correr, alcanzamos a ver los enormes árboles iluminados desde lejos. Al terminar, empezó a enviar fotos. Me dijo también que su madre estaba enferma. Que siempre quiso ver estas luces.

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