Una carta desde Tangalle

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carta desde tangalle

No tengo listas de cosas que hacer, solo cuento atardeceres en Tangalle. © Alberto Piernas



Por si vienes a Sri Lanka y no me encuentras. 

Por A.P.

una carta desde tangalle

Sospecho que incluso el mar también se refugia en Tangalle. © Alberto Piernas

Querido Tú:

Por la carretera que separa mi cabaña del pueblo de Tangalle tan solo cruza algún tuk tuk en busca de turistas camuflados con la selva. Dos niños rompen el horizonte con un bate de cricket y una nueva flor tropical ha crecido en el poste de electricidad. Generalmente, la narrativa del viaje según Occidente siempre ha sido, aunque no lo reconozcamos, la conquista del espacio a través de nuestra forma de ver el mundo o las fotos de Instagram. Sin embargo, en mi caso llegué a Tangalle huyendo un poco del estrés de un largo viaje por Asia como un animal confundido. 

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En los autobuses de Sri Lanka, el aire huele a fruta, incienso y cacahuetes. © Alberto Piernas

En el autobús que me trajo hasta el pueblo principal, la gente comía cucuruchos de maní mientras la oración de un gurú se emitía en el televisor. Las luces intensas de un ídolo de Krishna iluminaban el final del pasillo y un verde que se intensificaba al otro lado de la ventana. El autobús y el mar jugaron durante dos horas hasta llegar a Tangalle y tomar un tuk tuk que me llevó 3 km, a una cabaña perdida junto a una playa vasta y rocosa. Encendí el móvil y consulté por inercia la lista de cosas que hacer en este lugar, que si Silent Beach, que si tortugas, pero ¿por qué no quedarme en este pedacito de mundo sin mayor expectativa? 

El mar espía a través de cortinas de palmeras en todo momento, el aire trae aromas de frutas que no conozco y un camino polvoriento conecta con Foodee, mi único contacto más allá de esta cabaña. A veces me acerco caminando al pueblo, pido aceite de ayurveda porque me duelen los oídos y me paro a hablar con personas cuyo nombre nunca sabré. Pero siempre termino en ese restaurante familiar donde sirven un rico rice & curry de pollo que devoro en mitad de la selva.

La anciana de la familia, la señora Perera, viene a preguntarme qué tal la comida y se rasca la piel porque le han salido manchas. Yo le señalo las marcas de mi herpes en el brazo, me sonríe, dice que tome más ayurveda. Su hijo merodea por mi mesa para preguntarme cosas mientras fuma un cigarro verde del que le pido dos caladas. Algo en mi mente ha cambiado estos días, quizás porque solo cuando te detienes eres consciente de los terremotos que esto puede provocar. 

Estos días escribo sin juzgar, ni tampoco quiero publicar nada. He apagado las redes, las zapatillas están rotas pero camino a todas horas. Cuando finalmente me tomo la foto de despedida con la familia porque me marcho a Colombo, suspiro. Por melancolía, quizás futura nostalgia. Vuelvo a caminar esos dos kilómetros en la oscuridad, ya me conozco los charcos del monzón vespertino de memoria y a lo lejos se ven algunas luciérnagas. Escucho los sonidos de lejanas aves, las olas casi bañan mis pies y alguien vuelve a saludarme a lo lejos. Y cierro los ojos.

Solo entonces llego a mi cabaña y doy la vuelta. Y debo confesarte que podría pasar yendo y volviendo por este mismo camino hasta que cesen los terremotos.

¿Te vienes de viaje a Sri Lanka conmigo?

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