Khokana: una aldea, o el último secreto de Nepal

Bienvenidos a Khokana, en el Valle de Katmandú. © Viator



Si te encuentras unos días en Katmandú, no podrás resistirte a una visita a Khokana, una aldea tradicional que se quedará grabada en tu memoria.  

Por Alberto Piernas

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El Nepal más tradicional vive entre las calles de Khokana. © Viator

Hablar de Katmandú, la capital de Nepal, supone hacerlo de una de las ciudades más fascinantes de Asia. Sin embargo, el enjambre de carreteras, tráfico y polución también desdibuja en ocasiones la esencia de un valle de Katmandú donde no resulta tan fácil encontrar aldeas o reductos puramente tradicionales, alejados de los límites de tiempo y espacio. O quizás sí. 

Basta con tomar un taxi desde el aeropuerto y adentrarse al sur del núcleo urbano de Lalitpur para descubrir Khokana. Esta aldea abrazada por las colinas supone un oasis de tranquilidad donde los caminos de piedra aún suspiran, las cabras moran por las calles y la belleza de lo cotidiano regala imágenes para los sentidos. 

Khokana: una inmersión en el Katmandú más auténtico 

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Pueblo de Bungamati, una parada imprescindible de camino a Khokana. © Viator

Antes de aproximarnos a Khokana, una de las visitas clásicas es el pueblo de Bungamati, ubicado en el valle de Lalitpur y núcleo de los habitantes newar. La etnia que contribuyó a crear la fascinante civilización del Valle de Katmandú, formada principalmente por miembros tibetano-birmanos, evoca aquí un retrato de su tradición y costumbres en formas de templos como el de Machhindranath, sus mercados o rincones de ofrendas. 

A partir de aquí, la ruta penetra entre los cultivos sin perder de vista las cumbres de las montañas. Una cabra atraviesa el camino, alguien carga un cántaro en la cabeza mientras los colores de los saris tendidos marcan la senda y la dramática orografía del valle se transforma en Khokana. Una transición del ruido urbano a la calma de la naturaleza a través de una aldea de tan solo 5000 habitantes donde perderse entre estampas costumbristas y respirar aire puro. 

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Baño sagrado en el corazón de Khokana. © Khokana Facebook

A medida que avances por las calles, descubrirás una sonrisa a lo lejos, pero también la mirada de la persona local que no acostumbra a recibir visitas de viajeros. El aire se llena del aroma del aceite de mostaza (tori ko tel), una especialidad de la zona; mientras los balcones lucen ristras de chiles rojos colgadas. Junto a las fachadas de ladrillos los niños juegan, los estanques revelan ofrendas religiosas y los caminos poco a poco, apuntan en todo momento al templo de Sikali, el corazón monumental del pueblo.

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Templo de Sikali, una visita única en Khokana. © Wikipedia

Reconocido por su importancia histórica – e incluso propuesto como Patrimonio de la Humanidad en 1996 -, el de Sikali es un templo ubicado a una hora a pie desde Khokana, por lo que el plan puede extenderse a toda la mañana. Seguir los senderos de cabras de las afueras del pueblo es la mejor opción a la hora de sumergirse en la atmósfera del valle, observar la arquitectura medieval de las casas locales y abrazar panorámicas de ensueño. 

El templo principal cuenta con tres pisos y está construido en estilo pagoda. Un icono envuelto por campos de hierba que sirven de escenario para el Sikali Jatra, un festival de cinco días en el que los habitantes despliegan danzas típicas, representaciones épicas y celebraciones en torno a la diosa Rudrayani. 

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Fiesta de Sikali Jatra, en Khokana. © Khokana Facebook

A la vuelta del templo – o bien antes de partir -, también puedes profundizar en el casco histórico de Khokana: desde visitar el templo de Indrayanee, hasta rodear el Museo de Khokana, el cual hoy permanece cerrado pero permite admirar la primera casa de Nepal iluminada con electricidad, gracias al Primer Ministro Chandra Shamsher, en 1911. El soporte de la primera bombilla aún puede verse, sirviendo como monumento histórico.

Además, el complejo urbano está lleno de casas Guthi, lugares de reunión que simbolizan la fuerte cultura de apoyo comunitario entre los habitantes. También encontrarás estanques con grifos de piedra típicos, que recuerdan las formas primitivas de obtener agua limpia, una práctica que muchos locales aún mantienen.

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Dhal bat típico. © Viator

Por último, pasear por el complejo permite a los visitantes explorar antiguas casas y artefactos históricos en la serena quietud de Khokana, mientras que los pequeños locales y puestos de choila cercanos ofrecen la oportunidad de degustar platos picantes de pato o pollo antes de enlazar con otro emblema del pueblo: sus molinos de aceite de mostaza, los cuales llevan funcionando cientos de años y que hoy permiten asomarse a la memoria del territorio a través de visitas guiadas. 

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Interior de un molino de mostaza típica. © Khokana Facebook

Khokana no es solo un pueblo, es un pedacito de ese Nepal inmortal y auténtico donde abrazar la eternidad antes de volver a la ciudad. Solo entonces, la última sonrisa a lo lejos te recuerda por qué mereció la pena hacer un desvío en la ruta.

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