
Soy una tortuga que llegó a Sri Lanka y … ©Antony Stanley
Conoce mi historia.
Por Alberto Piernas

El mundo cada vez es más complicado para nosotras. ©Wikipedia Commons
No me conoces, pero soñaste con hacerlo mientras contemplabas, de pequeño, a esa tortuga cautiva en una islita propia. Lo cierto es que mi vida transcurre de forma totalmente opuesta a la de esas mascotas que miles de niños alrededor del mundo tienen en sus casas: soy viajera y he recorrido miles de kilómetros alrededor del planeta, sin saber demasiado bien cómo se mueven los humanos, cuyas acciones denotan una personalidad global, cuanto menos, hostil para nosotras.
Lo veo en los envases de plástico que han formado un «octavo continente» en el océano Pacífico, las anillas infames de un pack de seis latas de Coca-Cola o incluso en la lavadora que alguien tiró desde lo alto de un acantilado. Bolsas de supermercados como Mercadona, Don Don Donki o Walmart en todas las corrientes y las orillas. Manchas oscuras de petroleros errantes, incluso algún mensaje en una botella al que no me opongo, porque siempre he sido una romántica.
Aún así, seguí mi camino, hablando con los corales que aún aúllan a los barcos que pasan de Australia a China, de la Patagonia a Estocolmo.

¿Te diría que vinieras a verme a un orfanato? Pues depende… mis derechos de imagen no son negociables. © Vagabundler
Finalmente siempre llegaba a la costa, aunque debo reconocer que la última vez, quizás ya porque mis hijos también nadaron libres y ya estoy mayor, me quedé atrapada en la red de un pescador. Por suerte, el buen hombre me llevó a lo que hoy llaman un «orfanato de tortugas» en el sur de Sri Lanka, en un lugar llamado Tangalle donde al anochecer vienen algunos turistas a los que se les prohíbe hacer fotos o venir vestidos de colores fluorescentes. Agradezco esa labor pero, igualmente, he visto a muchas compañeras perder a sus crías por las luces de los humanos, los envoltorios de tantos alimentos y los depredadores que aún nos utilizan para hacer sopas.
Hace tiempo que mis viajes ya no son tan largos y me cuesta más llegar desde las palmeras hasta el mar mientras nadie mira, algo cada vez más difícil para todas por otra parte. Parece que tenemos demasiados detractores y pocas manos gentiles que nos devuelvan al origen, que nos dejen nadar tranquilas en libertad.
Sin embargo, reconozco también que en estos últimos meses tengo la certeza de que el humano también dejó de asomar la cabeza fácilmente para ocultarse más en su caparazón. Será la adicción a esas pantallas de las que hablan y que les impiden contemplar el mundo alrededor.
O simplemente, la necesidad de un refugio emocional ante un mundo que cada vez da más miedo.