Soy una gota de agua en India: ¿Quieres conocer mi historia?

Escrito por: Alberto Piernas

Érase una vez, una gota que nació en el cielo. O bueno, YO, para ir abreviando. Surgí de los cabellos de Ganga, la diosa del agua encargada de atravesar toda India en forma de río. Aún recuerdo (o eso creo) mis primeros días de despertar tras un largo letargo en el glaciar Gangotri (aquí, todo empezaba por Gang-, como si tuviésemos un nudo en la garganta), hasta que comencé a fluir por el río más sagrado del mundo: ¡el Ganges!

Tras abandonar el frío del norte, comencé a tomar conciencia de mí misma, especialmente cuando vi al primer ser humano. Estaba asomado al río y creo que jugaba a ser gota también, pues realizaba extraños movimientos. Lo llamaban yoga, aunque creo que esa mujer nunca podría tener mi elasticidad (pobre…). Poco después descubrí que me encontraba en Rishikesh, la conocida como capital del yoga

El agua sigue y sigue arrastrándome hacia el sur hasta que llego allí, a esa ciudad que, según me entero poco después, se trata de Varanasi.

Y durante horas, me siento atraído por todos los elementos que confluyen en este lugar: acaricio las velas de mantequilla purificada cargadas de deseos a fin de bendecirlas, me uno a otras gotas, en este caso más saladas, que me cuentan que proceden de la tristeza y la alegría, dos sentimientos que definen a una ciudad en la que muerte y reencarnación se dan la mano.

Además, hay una extraña costumbre que realizan aquí: hay altas hogueras y, poco después, la gente lanza montones de tierra de color al gris al río…

El dorado me envuelve, ya que el atardecer es uno de los más bellos del mundo. Y a lo lejos, se escuchan las cuerdas de un exótico instrumento que inspira una curiosa espiritualidad. ¿No sabes cómo se estremece una gota? Entonces es que no perteneces a esta dimensión. Aunque puede que aquí, en la ciudad que supone esa delgada línea entre Tierra y espiritualidad, tengas aún una oportunidad.

Abandono Varanasi y me dirijo (o bueno, me llevan) hacia esa India que no todos conocen como el selvático delta del Ganges, donde un tigre de Bengala me mira con esos ojos afilados, intentando atraerme hacia su lengua sedienta. Aunque por suerte, consigo evitarlo. No lejos de allí, una campesina abandona su chocita de palma para comenzar su jornada en los campos de arroz y fertilizar la tierra a través del agua. Pero ese, no es mi destino.



De hecho, en algún momento siento que mi cuerpo cambia, la sal aumenta a mi alrededor y me expando hacia el horizonte. Debe ser él, ese famoso OCÉANO del que me hablaron otras compañeras. El mismo que durante siglos, según contaban, fue surcado por exploradores y piratas, etnias y comerciantes. También viajeros como Marco Polo, quien durante sus viajes entre Oriente y Occidente se detuvo una vez frente a la isla de Sri Lanka para describirla como “la isla más bonita que había visto”.

Hace tiempo que he dejado India atrás para pasarme a esta isla de ensueño. Aunque reconozco que no ha sido fácil, ya que me he cruzado con criaturas que hasta ahora no había visto: ¿Ballenas, quizás? O eso decían las gotas que, en algún momento, desaparecieron por el camino. Poco después llego a una zona de playa y palmeras donde mis ojos de átomo también pueden contemplar edificios coloniales combinados con un trópico apabullante, manglares a los que una tortuga me lleva en su caparazón a medianoche para después volver al océano. . . ¡Y zas! Adiós tortuga… hola pez payaso.(Podría haber sido peor…)

Tras horas viajando con él, todo a mi alrededor comienza a brillar. Llegamos a un lugar en el que las gotas, el mar y la naturaleza se visten del color de las estrellas. Me gustaría quedarme aquí, pero el pez payaso no piensa lo mismo y se refugia en su anémona enmarcada por majestuoso coral. Sigo fluyendo. Hasta descubrir que me encuentro ante el azul turquesa más bonito que he visto. El de unas playas que toman prestada la pureza de los Himalayas que me vieron nacer. De las montañas que ahora me parecen tan lejanas en tiempo y memoria. Aunque aquí, por lo que puedo ver, se estilan más los atolones y los islotes perdidos.  Lo llaman Maldivas.

Aquí los sonidos son diferentes: el de la brisa y el del suave océano meciéndose con las olas. En ocasiones, incluso el de la más pura nada. Quizás esta sea la banda sonora de la relajación. La de la felicidad.

En una bahía las mantarrayas mecen mi destino y con un solo movimiento me impulsan hacia la orilla. Allí, una primera mujer se acerca. Nunca antes había estado tan cerca de un ser humano. Pero espera, que termino en sus cabellos, después en su piel y, finalmente… no sabría describirlo.

Durante días, permanezco en un lugar que desconozco. No sé donde estoy, ni donde estaré. Se oyen los motores de un coche que nos lleva, a mi nueva huésped y a mi, a una ciudad de colores. Después a un avión y, finalmente, mientras éste despega algo en mí también lo hace. A modo de cascada, caigo por uno de los ojos de aquella mujer y desaparezco, en un ataque de nostalgia, en la página de un libro en el que puede leerse un poema de Rupi Kaur que dice: “Cómo quieres que no sea emocional, si estoy hecha de agua”.

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