Kintsugi: la artesanía japonesa que simboliza la resiliencia

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Kintsugi: cuando la cerámica japonesa habla de resiliencia. © japonal



Las palabras y artes japonesas están llenas de simbolismos transformadores. Y una de ellas, la encontramos en el ‘kintsugi’, una técnica tradicional basada en reparar objetos de cerámica rotos con polvo de oro.

Por Alberto Piernas

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El arte del kintsugi, como otras filosofías japonesas, habla de emociones ligadas al entorno y la psique humana. © Yeezer

Nanakorobi yaoki (七転び八起き) «Si te caes siete veces, levántate ocho»

(Proverbio japonés)

Japón engloba una filosofía que, como sus flores de cerezo, brotan en los rincones y gestos más inesperados. Podríamos hablar del «mono no aware» (物の哀れ), o la sensibilidad por lo efímero; o el «ikigai» (金継ぎ, tu razón de ser), o la pasión por ese propósito que nace en las islas de Okinawa.

Sin embargo, cuando hablamos de artesanía nipona, una de las palabras más especiales la encontramos en ‘kintsugi’ (unir con oro), un arte centenario que, más que una estética, representa la capacidad de la resiliencia y una forma de abrazar la belleza de las imperfecciones humanas.

Kintsugi: el arte de abrazar las imperfecciones

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La resiliencia, según Japón. © Amber&Muse

La mayoría de las personas no rompen ciertas piezas de cerámica a propósito, pero en el caso de aquellas que se han roto de forma accidental, en Japón existe un gesto eterno: decorar la cerámica rota con una laca mezclada con polvo de oro, una tradición arraigada en la cultura japonesa desde hace más de 500 años, especialmente en las zonas de Nara, Kanazawa y Tokoname.

En un mundo que a menudo ensalza la juventud, la perfección y el exceso, abrazar lo viejo y lo desgastado nos puede resultar extraño. De hecho, en la cultura consumista en la que vivimos inmersos, aún se estila aquella de «tirar algo que se ha roto a la basura en lugar de repararlo». Podríamos hablar de un objeto, pero también de un vínculo.

Sin embargo, la práctica del kintsugi nos recuerda, desde su nacimiento en el siglo XV, la importancia de mantener el optimismo cuando las cosas se rompen y celebrar los defectos y los tropiezos de la vida para volver a resurgir de nuevas formas.

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Un artesano de kintsugi, en Japón. © arab news

La idea surgió del sogún Ashikaga Yoshimasa, quien tenía un gran apego por un cuenco de cerámica que utilizaba durante la ceremonia del té y que, por accidente, se le rompió. En lugar de tirarlo, Yoshimasa lo mandó a arreglar a China, donde le colocaron unas vulgares grapas. Insatisfecho con el resultado, el sogún recurrió a los artesanos locales, quienes encontraron una solución duradera de reparar (y embellecer) la pieza.

En sí misma, la técnica del kintsugi es una extensión de la filosofía japonesa del wabi-sabi, que encuentra belleza en lo incompleto y valor en la sencillez. La restauración de las piezas rotas, resaltada con oro, suele llevar hasta tres meses. Durante ese tiempo, los fragmentos se unen cuidadosamente con la savia de un árbol autóctono japonés, se dejan secar durante varias semanas y, finalmente, se decoran con oro que recorre y realza sus grietas.

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Ashikaga Yoshimasa, el origen del kintsugi. © Wikipedia Commons

Este proceso es fascinante, ya que la resina tarda meses en secarse hasta endurecerse, por lo que encuentra en la paciencia el factor perfecto para integrar bien el nuevo material y asegurar la durabilidad del cuenco. Un proceso que habla de la resiliencia como habilidad necesaria para afrontar los contratiempos que nos vienen en la vida. Apreciar nuestros defectos como forma de abrazar una serenidad continua.

Solo entonces, descubrimos que algunos objetos no solo son capaces de embellecer el mundo y sus espacios. Sino también, como el hilo de resina y polvo dorado, hacer brillar en nosotros nuevas formas de recomponernos.

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