
Todas las luces de Hoi An. © Alberto Piernas
Hablar de Hoi An, en Vietnam, supone hacerlo de cientos de farolillos que iluminan sus calles (y su historia).
Por Alberto Piernas

Los farolillos son los grandes protagonistas de Hoi An. © Pixabay
Son las siete de la tarde y la ciudad de Hoi An, en la costa central de Vietnam, comienza su metamorfosis. Las fachadas de vivos colores dan paso a un crepúsculo de nuevas luciérnagas en forma de farolillos que aquí todo lo inundan. Una celebración de la luz que nos descubre velas púrpuras lanzadas por una mujer local al río Thu Bon, o callejuelas donde alguien come un pho bajo los destellos.
Hoi An evoca un espectáculo donde hay vida más allá de los farolillos en forma de manglares fascinantes, templos de cuento y puentes japoneses por los que perderse. Todo ello, como resultado de una historia moldeada por diversas influencias procedentes de Vietnam y los continentes asiático y europeo.
Hoi An: el triunfo de la luz

Hoi An la nuit. © Alberto Piernas
Cuenta la leyenda que existe un enorme monstruo marino sumergido en los mares de Asia. Su cabeza apunta a India, la cola a Japón y su cuerpo reposa bajo Hoi An, de ahí que algunos terremotos sucedan cuando esta criatura se mueve.
Lo saben las muchas culturas que durante siglos han visto en Hoi An un punto estratégico para el comercio: desde los japoneses a los chinos, pasando por portugueses, holandeses y franceses, cuyo protectorado convirtió Hoi An en un bastión colonial a finales del siglo XIX.
Hoy, esta ciudad de menos de cien mil habitantes que florece entre playas, manglares y arrozales es el perfecto mosaico de la memoria. Las fachadas de las viviendas lucen vivos colores perfectamente integrados con el trasiego cotidiano, los mercados envueltos en el aroma del durian, o la vida de un río que, al anochecer, se deja atravesar por embarcaciones llenas de farolillos.
Una aventura que comienza en su casco histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad, el cual conserva la esencia de un antiguo puerto comercial donde confluyen influencias vietnamitas, japonesas y chinas.

Desde Hoi An, con amor. © Pixabay
El mejor ejemplo lo encontramos en su emblemático Puente Cubierto Japonés. Uno de los grandes símbolos de la ciudad es el perfecto punto de partida para conocer el cercano santuario de My Son, antiguo centro religioso del reino Champa.

Puente Cubierto Japonés de Hoi An. © Alberto Piernas
Otras visitas urbanas incluyen monumentos como el Salón Cantonés de Asambleas o el Templo Quan Cong, habitado por la dinastía Han hace 2.000 años.
La historia también susurra en Hoi An en forma de tradición artesanal, ya que puedes participar en talleres de faroles, cerámica, carpintería, café vietnamita o nems típicos, una forma diferente de conocer la cultura local. O encargar un traje típico a medida gracias a la reputada generación de sastres de la ciudad.
Eso sí, no te olvides de probar un buen plato de cao lầu, una sopa de gruesos fideos con carne de cerdo y galletitas saladas, toda una especialidad. Y los dumplings white rose o el arroz con pollo, otros dos platillos que confirman la identidad multicultural.

El cao lâu, todo un manjar a descubrir en Hoi An.
A su vez, el agua ejerce de gran narradora de la ciudad. Lo confirman las travesía río abajo por el Thu Bon, las playas de An Bang o Cua Dai, o las islas Cham, ideales para realizar una excursión de un día para descubrir su cultura local y arrecifes de coral.
Más allá del casco histórico, el paisaje cambia rápidamente. A tan solo unos minutos aparecen arrozales, huertos ecológicos, estanques y pequeñas aldeas rurales donde la vida transcurre a otro ritmo. Una inmersión entre búfalos de agua camuflados en el verde eterno y personas que no dudarán en iniciar una conversación.
Alquilar una bicicleta es una de las mejores maneras de explorar esta zona, especialmente la aldea agrícola de Tra Que, conocida por sus cultivos de hierbas aromáticas y sus clases de cocina, el atajo perfecto para profundizar en el tejido social.

La población local de Hoi An interactúa con los visitantes en todo momento. © Pixabay
Para cuando el atardecer ilumine las pagodas y fachadas, sabes que ha llegado el momento: puedes perderte por el casco antiguo o cruzar el puente que te lleve allí donde los mercados siguen preparando helado enrollado tailandés o tomar un rico banh mi, típico bocadillo de baggette con ingredientes locales, mientras los farolillos se encienden.
Es la genialidad de ver la vida a través de nuevos colores. Fuera, dentro, en todas partes.
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