
El fantasmal pueblo de Kolmanskop, en Namibia, Alemania. © GI
De todas las postales desde Namibia, la del pueblo abandonado de Kolmanskop es una de las más fascinantes (y paradójicas).
Por Alberto Piernas

En los últimos años, el deterioro de Kolmanskop ha ido en aumento. © GI
Alrededor del mundo encontramos lugares que podrían ser el perfecto reflejo de una época, incluso de los tiempos actuales. Y es en plena costa de Namibia, donde encontramos un buen ejemplo: Kolmanskop, un pueblo abandonado en el vasto desierto y colonizado a principios del siglo XX por buscadores de diamantes alemanes.
Concebida a imagen y semejanza de los pueblos de Baviera, Kolmanskop luce hoy abrazado por los susurros y las arenas del desierto. Una escena icónica que viene a revelar la gran paradoja: la de un mundo que se ve amenazado por las arenas del poder y la ambición.
Como spoiler, os podemos adelantar que Kolmanskop fue el primer lugar del continente africano donde se utilizó un aparato de rayos X.
Y existe un motivo.
Kolmanskop: érase una vez, en 1908

Hasta mil personas llegaron a vivir en Kolmanskop. © NG
Tejados derruidos por los que se cuela la luz de la luna cada noche formando rayas de colores en la arena. El papel pintado que se desprende de las paredes, y antiguos salones hoy invadidos por las dunas del desierto. Un susurro que flota en cada rincón y la certeza de encontrarnos en un lugar olvidado por el propio mundo.
La memoria parece exhalar un lamento centenario en Kolmanskop, una pequeña ciudad abandonada en pleno desierto del Namib, en Namibia. Un emblema que floreció en una región antaño conocida como «zona prohibida», y cuya historia resulta igual de fascinante que su propia estética.

La justicia poética se apoderó de las casas de Kolmanskop. © GI
El origen del pueblo cabe encontrarlo en una tarde de 1908, cuando un trabajador ferroviario llamado Zacherias Lewala retiraba la arena que, de forma constante, invadía las vías del tren. Tras fijarte bien, Lewala descubrió unos destellos en la arena, a la luz del atardecer. En aquel momento, Namibia estaba bajo el dominio de la África del Sudoeste Alemana, por lo que el descubrimiento del trabajador pasó a manos de su superior alemán, quien identificó que se trataba de diamantes.
El hallazgo no tardó en atraer a una avalancha de buscadores de fortuna que se repartió por toda la zona. Para 1912, la ciudad ya registraba un millón de quilates al año acumulados, alrededor del 11.7% de toda la producción de diamantes del planeta.
Como curiosidad, Kolmanskop se convirtió en el primer lugar del continente africano en contar con una máquina de rayos X, importada desde Alemania para asegurar que los trabajadores no ingerían diamantes.

Kolmanskop se ubica en el Namib Desert, en la costa de Namibia. © Rexby
A lo largo de los años, la producción de diamantes fue tal que Kolmanskop se convertiría en un epicentro occidental en pleno desierto: el pueblo contaba con carnicería, oficina de correos, panadería e incluso fábrica de hielo. El agua potable llegaba en tren y la excentricidad se apoderó del paisaje, e incluso llegaron a vivir familias que utilizaban avestruces para tirar de sus trineos en Navidad. El capitalismo europeo en su versión más extractiva se apoderó del lugar, como confirma el genocidio de más de 60.000 hereros en los años previos al descubrimiento.
Un asesinato masivo que se vería condenado por la justicia poética. Tras agotar todos los yacimientos durante la Primera Guerra Mundial, los alemanes cerraron la región bajo el nombre de Sperrgebiet (o zona restringida), prohibiendo el acceso al público y reservando sus derechos de explotación a una única empresa en Berlín. Las comunidades indígenas fueron empleados como mano de obra y expulsados de sus propias tierras.

En 1928, y ante el descenso de la producción, se descubrieron diamantes a más de 200 km, en la localidad de Oranjemund, junto al río Orange. De esta forma, Kolmanskop quedaría abandonada para siempre, dejando que las propias dunas invadieran un pueblo fantasma que hoy se degrada a pasos de gigante. Es el karma de un antiguo bastión que ejemplifica como pocos el brutal impacto que el mundo occidental ejerció sobre países del Sur Global.
Sobre personas como aquel trabajador llamado Zacherias Lewala cuyo descubrimiento, por supuesto, nunca fue recompensado.
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