
Bienvenidos a la inconfundible Samarcanda. © Advantour
Samarcanda supone un cruce de caminos histórico donde comienzan todas las aventuras de Uzbekistán.
Por Alberto Piernas

Una encrucijada de caminos llamada Samarcanda.© Pixabay
No es ningún secreto que Uzbekistán se ha convertido en un destino cada vez más codiciado por los viajeros. Y es que durante años, un velo misterioso ha cubierto uno de los países más fascinantes de Asia Central, siendo la ciudad de Samarcanda uno de sus mayores orgullos.
La estratégica ubicación de esta ciudad para los comerciantes del Mediterráneo y la Ruta de la Seda permitió conservar el aliento de la historia a lo largo de más de 2.700 años. Como resultado, la Unesco designó Samarcanda Patrimonio de la Humanidad en 2001 bajo el lema «Encrucijada de Culturas».
Hoy, la segunda ciudad más importante de Uzbekistán despierta al mundo entre cúpulas azulísimas, mezquitas dignas de Las mil y una noches y frescos emblemáticos.
2700 noches en Samarcanda

Samarcanda siempre fue una piedra angular de la Ruta de la Seda. © Advantour
Decían los poetas que Samarcanda era el «jardín del alma» a la hora de describir sus exuberantes oasis, palacios y mezquitas. Un tapiz ancestral igual de comparable a otras ciudades del mundo como Roma, donde el paso de los comerciantes a lo largo de los tiempos dejó un poso que hoy se traduce en numerosas influencias. Entre sus momentos dorados, destaca el período en que fue gobernada por el militar turcomongol y musulman Amir Temur (Tamerlán), el último de los grandes conquistadores nómadas de Asia Central, en el siglo XIV.
El mejor ejemplo de su riqueza cultural lo encontramos en la icónica plaza de Registán (lugar de arena), ya que fue construida en el lecho de un río seco a partir del siglo V. El conjunto se compone de tres madrasas – Ulugh Beg, Sher-Dor y Tilya-Kori – que en su momento englobaron algunos de los centros universitarios más prestigiosos del mundo islámico.

Mezquita de Bibi-Kanhum.© Hidden Architecture
Otro obligado es la mezquita de Bibi-Khanum (Reina de todas las mujeres), nombre de la esposa favorita de Tamerlán. Según la leyenda, ella fue la encargada de gestionar la construcción de la mezquita mientras su marido estaba fuera conquistando otros territorios. El arquitecto se enamoró de ella y le pidió un beso como condición para terminar el proyecto. Ella aceptó, pero quedó marcada y fue descubierta por su marido poco días después de la muerte del arquitecto.
La mezquita fue en su momento una de las más grandes del mundo islámico, como bien podemos comprobar en su puerta principal, de hasta 35 metros de altura, o sus cúpulas de ese azul característico.

La fascinante Necrópolis de Shahi Zinda. © Travel Nomad
Sarmarcanda es una sucesión de edificios históricos que conviene recorrer con tranquilidad, quizás saboreando unas sabrosas frutas deshidratas (o kishmish) antes de sumergirnos en la Necrópolis de Shahi Zinda. Un espectáculo cromático que gira en torno a la tumba de Qutham ibn Abbas, primo de Mahoma que trajo el islam a la ciudad. El principal epicentro de un conjunto de ruinas sostenidas sobre una antigua ciudad sogdiana donde hoy relucen sus famosas baldosas mayólicas, de color azul verdoso.

Tumba del Rey, otra recomendable visita en Samarcanda. © Wikipedia Commons
Otros monumentos que no pueden faltar en la visita es el mausoleo de Gur-e Amir, o Tumba del Rey, donde actualmente está enterrado el conquistador Tamerlán. Como curiosidad, la leyenda cuenta que quien mueva la tumba desencadenará una gran guerra. En 1941, fue movida y ya sabemos lo que sucedió en todo el mundo.

Afrasiab. © People Travel
Además, tampoco puedes perderte la antigua ciudad de Afrasiab, al nordeste de Samarcanda y en cuyo museo lucen hoy frescos sogdianos del siglo VII. Según los expertos, la tumba de Daniel, profeta del Antiguo Testamento, se encuentra en estas ruinas.
Por último, otro espacio imprescindible es el Observatorio de Ulugh Beg, astrónomo que construyó en el siglo XV este laberinto en forma de estrella que albergó las mejores tablas astronómicas del mundo hasta la aparición del telescopio.
Samarcanda es una ciudad donde la gran influencia religiosa concibió parte del legado histórico, si bien también podemos repartir el tiempo en otras propuestas que engloban mercados hipnóticos y una gastronomía de lo más apetecible. O mejor dicho, bazares.

Los bazares de Samarcanda son lugares llenos de historias. © TE
El bazar de Siyob es el más grande de la ciudad y se ubica junto a la mezquita de Bibi Khanum. Una encrucijada de puestos, colores y bocados entre los que destacan sus almendras tostadas con sal, el chilla – rollo de melón deshidratado -, o el kurt – bolas de queso seco, todo un snack nómada –.
Si prefieres sentarte al final del recorrido, lo mejor es reservar en un restaurante para saborear unas empanadas de hojaldre rellenas de carne de cordero y conocidas como samsa. O el shashlik, brochetas de carne de cordero, ternera o pollo hechas al carbón.
Si no las encuentras, el humo te guiará y alguien te sonreirá para sugerirte un festín.
El mejor desenlace para una visita que supone la perfecta toma de contacto con un país de Uzbekistán donde los viejos caminos no cambian, solo se transforman.
¿Te gustaría conocer Samarcanda durante tu viaje a Uzbekistán?