
Ghats en Varanasi. © Pixabay
La teoría del «tercer espacio» cada vez adquiere mayor importancia en el mundo actual pero, ¿estamos eligiendo el lugar correcto?
Por Alberto Piernas
El tercer espacio, según diferentes culturas

La silla monobloque, un clásico de las charlas a la fresca en todo el mundo. © Unsplash
Desde hace un tiempo, muchos de nosotros somos conscientes del efecto que las pantallas y la tecnología ejercen en nuestra vida. Solo entonces, alguien piensa en aquellos tiempos en los que parecía más fácil socializar, abrazar lo real, compartir historias cara a cara.
Una extraña nostalgia que nos lleva a un concepto conocido como «tercer espacio», del cual ya hablaba el profesor emérito de sociología urbana Ray Oldenburg en su libro The Great Good Place (1989), como forma de diferenciar el primer lugar (hogar) y el segundo lugar (trabajo) de un tercero dedicado a socializar y vivir una vida más comunitaria.

Meditación: la necesidad de terceros espacios emocionales. © indriya retreat vipassana
Sin embargo, con el paso del tiempo, este concepto se ha ido adaptando a otras perspectivas, como la teoría del geógrafo Edward Soja, quien aplicaba la percepción de «tercer espacio» a un estado mental del ciudadano ubicado entre su lugar de origen y el final. Algo así como un fluir urbano abierto a todo tipo de sorpresas o serendipias.
También el concepto ha despertado el interés de muchos empresarios que hablan de co-working y espacios de trabajo comunitarios, pero a muchos esto nos resulta una especie de trampa de productividad encubierta.
Quizás todo sea mucho más sencillo y uno se incline por la teoría inicial de Oldenburg: venimos de culturas que han fomentado las noches a la fresca en los pueblos o las verbenas como forma de relacionarnos y pasar un buen rato lejos de los dos primeros espacios.

Vecinos reunidos a las afueras de un templo en Munduk, en Bali. © Alberto Piernas
Y si viajamos a otros países, descubrimos el Tri Hita Karana de Bali, la filosofía que une a los locales en zonas como Munduk a las afueras de los templos para compartir un bocado o ponerse al día. O Jeema el-Fna, la enorme plaza del centro de Marruecos que vibra cada noche entre fuegos, picnics en las murallas y encantadores de serpiente.
Sin embargo, India es uno de los países que mejor ejemplifica lo que un tercer espacio debería ser: podemos empezar por los ghats de ríos como el Ganges a su paso por Varanasi. El perfecto escenario donde los vecinos se reúnen al atardecer para celebrar la ceremonia aarti, bañarse entre plegarias u orar en comunidad. Los ashrams en torno a la devoción, o los mercados que hablan de interacción, negociación y productos compartidos.

Los trenes, terceros espacios por excelencia en India. © Sergio Carbajo
Podríamos hablarte también de Anegundi, un pueblo azul donde cada noche los niños juegan en la calle mientras sus padres hacen un corrillo de sillas. Y todas las puertas abiertas. Puestos de té en los que cada mañana se reúnen las personas, en grandes ciudades o pueblos perdidos, para dialogar y compartir el desayuno. Y los trenes, ay los trenes, de Kerala a Chettinad y de Agra a Delhi uno forma parte de comunidades efímeras entre matriarcas cargadas con ollas que reparten la comida a todo el mundo, mientras alguien te pregunta de donde vienes, adonde vas. pedimos un chai.
En un mundo donde necesitamos bajarnos del ruido, todos andamos buscando algo real. Posiblemente todo empiece en la mente, en ese refugio emocional donde la inmediatez y la productividad no nos alcance.
O quizás, en los descubrimientos que nos ofrecen aquellos viajes donde todo empieza compartiendo un chai.
¿Lo ponemos en práctica durante ese próximo viaje a India?