Panaji: donde Jesucristo da la mano a Shiva

Panaji: donde Jesucristo da la mano a Shiva
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Escrito por: Javier Galán

Las religiones se mezclan en Panaji, una de las colonias portuguesas de Goa

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© Ramnath Bhat



Como olvidando que cada ciudad guarda su esencia, al hablar de destinos exóticos gustamos de partir de un lugar conocido para sugestionar al oyente. Por eso hay tantas Venecias como ciudades con un par de docenas de canales, tantas Las Vegas tras cualquier par de casinos y tantos recuerdos de Europa como colonias diseminadas por otros continentes.

Se trata de una simplificación que evoca vistas conocidas envueltas en olores exóticos. Que pretenden picar la curiosidad, si se cuenta con gracia que hay un lugar en la costa oeste de India en el que uno se puede encontrar una especie de Torre de Belem lisboeta pintada de rosa chillón. Atrae, capta más que llamarlo Panaji, una de las colonias portuguesas levantadas en Goa desde la llegada lusa. Una ocupación que se extendió, con algún paréntesis británico, desde hace unos cinco siglos hasta hace 50 años, cuando el ejército indio se puso firme.

Una buena razón para explicarse a qué se debe que las tallas callejeras de Jesucristo crucificado se codeen con los múltiples brazos de las estatuas de Shiva. O que tan lejos de la cuna del cristianismo se celebren tantas fiestas cristianas como aquí.

viajar a Panaji

© Zolivier

Shiva en Panaji

© Victoria Imeson

Sin embargo no son los grandes rasgos los que invitan a visitar un destino. Eso ocurre en aquellas veces en las que te cuentan lo inesperado, lo sorprendente que resulta dar vueltas por los callejones de Panaji y encontrarse la preciosa escalinata que sube a una iglesia levantada en honor de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción, blanco eje de la ciudad, lugar de agradecimiento de los portugueses que habían llegado desde Lisboa.

Y como habían ido allí más por necesidad que por gusto, intentaban rodearse de retazos caseros. Qué podría evocar más la capital lusa que las fachadas de los edificios cubiertas de azulejos blancos pintados con motivos azules.

© Koshy Koshy

© Koshy Koshy

Es la búsqueda de los detalles la que lleva a callejear por esta ciudad sin grandes pretensiones y a encontrar capillas, ingentes ofrendas de flores o vírgenes y crucifijos callejeros lavados por el monzón veraniego. Si es que hasta se estilan las misas cantadas en portugués.

En esta mezcla se encuentra la esencia de la ciudad: en pasar de la calle Jose Falcao a la de Dada Vaidya. Pero cambiando los tranvías lisboetas por tuc tucs a cuyos conductores no importa cuán estrecho sea el callejón, pues siempre habrá una contorsión del manillar que lo consiga.

Viajar a Panaji

© Zolivier

Para cuando los atestados recovecos del barrio Sao Tomé se vuelven demasiado agobiantes, además, se dirigen los pasos al amplio paseo que bordea el río Madovi. Ese río que se adentra en tierra india y a cuya vera han quedado restos de un Portugal antiguo y remilgado. Aunque si los ecos se limitasen a estelas no merecería la pena cambiar de continente para disfrutarlo. Si no fuese por esa capacidad que ha conseguido darle tonos especiales a la esencia portuguesa.

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