Topofilia: ¿y si la emoción es un lugar?

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Topofilia: cuando el mundo regala lugares que simbolizan emociones. © Alberto Piernas



¿Puede un lugar evocar una emoción? La topofilia lo confirma.

Por Alberto Piernas

Topofilia: cuando el lugar se convierte en refugio

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La belleza del templo de Rameswaram, un emblema comunitario y espiritual en el sur de India. © Alberto Piernas

En un mundo globalizado como el actual, existen dos tipos de espacios: uno de ellos es el conocido como «no-lugar», concepto acuñado por el filósofo Marc Augée en 1992 para designar aquellos lugares como aeropuertos o gasolineras donde nos convertimos en dígitos e individuos. Por otra parte, el segundo espacio sería un «lugar», a secas, o ese escenario donde sentimos que late una identidad propia.

A partir de esta interesante dicotomía, podemos hurgar un poco más y descubrir qué significan algunos lugares para nosotros. Desde la cocina de la casa de nuestra abuela en el pueblo de siempre, hasta ese bar donde solías reunirte con tus mejores amigos, la radiografía emocional de los espacios nace de la conocida como topofilia.

Este concepto fue desarrollado por el geógrafo chino-estadounidense Yi-Fun Tuan en 1974 para identificar el vínculo afectivo y la pertenencia ligada a un lugar concreto. La topofilia (del griego topos, «lugar», y philia «amor») se enmarca en el libro «Topofolia: un estudio sobre las percepciones, actitudes y valores medioambientales», donde se desmarca de otro concepto similar como es el civitio, el cual hace alusión a la pertenencia comunitaria.

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La comida, como hilo conductor del sentido de pertenencia asociado a un lugar y las personas que lo habitan. © Alberto Piernas

La topofilia, más allá de un concepto poético, adquiere una mayor importancia en la actualidad, especialmente cuando el sobreturismo y las tensiones globales desdibujan las fronteras, dilatan los lugares que nos enamoraron y provocan una reescritura de nuestra percepción del propio escenario.

Y es que el viaje se ha convertido, para muchos, en una sucesión de lugares que visitar sin permitirnos el lujo de pararnos, quedarnos un poco más. Es la pérdida de esa esencia tan propia de un niño, quien se detiene entre dos puntos para observar el paso de las nubes, recolectar palos y hojas, o adaptar para sí un lugar como refugio. Porque cuando experimentamos un sentido de pertenencia con el espacio, o unas coordenadas concretas, el mundo se convierte en un lugar mejor.

Puede que se trate de la panadería de tu barrio, donde las conversaciones se extienden desde la cercanía. Ese hotelito en el sur de India donde charlar con los propietarios en torno a una rica comida. Acudir a ese café de la esquina para escribir y reflexionar. Del sur de Asia a nuestro propio barrio, del bar vintage donde tuvísteis la primera cita hasta la playa secreta donde huías del mundo en la adolescencia, nuestra memoria está llena de lugares auténticos, emocionales.

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La topofilia nace en tu barrio y se expande por todo el mundo. © Alberto Piernas

Nuevos mapas que no solo apuntan a un mejor horizonte que podemos comenzar a identificar. Sino a un mundo mucho más habitable.

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