De qué hablamos cuando hablamos de la India

Hablamos sobre todo de un viaje hacia el asombro y los extremos. Donde ves cosas que no sabías que existían; del país más exótico del mundo. De un lugar, donde a veces no sabes lo que está pasando. De una naturaleza desbordante y de una gastronomía exquisita. Hablamos de un país, que en muchos sentidos, te abruma. Y te cautiva.

Ⓒ Marcin Baranowski

Ⓒ Marcin Baranowski



Y si todavía no he hablado de sus palacios o templos de fábula, es por no mostrar tan pronto el entusiasmo de un viajero completamente conquistado.

Ⓒ Alfredo Miguel Romero

Ⓒ Alfredo Miguel Romero

Hablamos de un país de incomparables bellezas –por su número y calidad- en todo tipo de manifestaciones arquitectónicas, que convierten en toscos mazacotes algunos monumentos del mundo occidental. Con asombrosas obras de artes de toda clase, con míticas ciudades. Hablamos de un país donde se ven hombres desnudos por las calles. De pocos fumadores. Donde casan plantas con piedras, donde en lujosísimas joyerías custodian tapices únicos que tardaron treinta años en hacerse (pero que nosotros no pondríamos en el salón de nuestras casas). Y además donde está el Taj Mahal, que no sólo no decepciona, sino emociona porque es definitivamente, el monumento más bello del mundo.

Y naturalmente hablamos de 1.250 millones de habitantes. Más o menos. ¿Cómo se censa un país sin nombres en muchas calles, sin números en la casas, con algunos millones durmiendo en las calles, en los bordes de las carreteras, en bosques, jardines, autobuses abandonados? Sin contar con otro gran número moviéndose incesantemente por el país por motivos religiosos o económicos.

© Rajesh Pamnani 2012

© Rajesh Pamnani 2012

Y la mayor diferencia de clases del mundo conocido. Estos días leemos la noticia que el gobierno va a proveer de retretes a ¡600 millones de hogares!. Cifras inauditas. Hablamos de un país con ingentes cantidades de basura por las calles, una miseria absoluta en tantos lugares, donde la gente orina sin apenas recato por todas partes. Retretes públicos abiertos a la calle donde se ven –y se sienten- las deposiciones humanas, un caos de tráfico monumental, un ruido insoportable. Pero también de un país donde se presiente que la gente tiene dignidad, y solidaridad, que acoge al visitante con cordialidad extrema y una simpatía sin igual en los muchos de los países de todo credo que habíamos visitado.

© Louis Vest

© Louis Vest

Con un incontenible deseo de acercarse al extranjero, de hacerse fotos con nosotros, de fotografiarnos, de agradarnos. El típico saludo de las manos juntas a la altura del pecho y una inclinación, resultaría cómico e impostado, si no se adivinara al poco tiempo que es sincero.

Es un país donde a diario en nuestro viaje, había algo que nos sorprendía o causaba nuestro asombro, estupor, o admiración. La aptitud por ejemplo, de la población ante las persistentes y a veces extremas lluvias monzónicas, (tan trágicas en algunas zonas del país). Parecería como si no les importara; caminan empapados pero sin prisas, o van en las motos o bicis, aceptando el hecho de mojarse absolutamente con abierta resignación, sin reproche alguno a la naturaleza, sin rencor hacia sus dioses.

Viajar por la India es quedarse literalmente alucinado por cómo se circula. Un conductor de cualquier tipo de vehículo, necesitaría un millón de puntos al mes en su carnet de conducir –si es que lo tiene- para cumplir con las normas europeas de circulación. En un país con apenas señales de tráfico, la norma básica es la ley del más grande a la hora de quien tiene preferencia. El vehículo más pequeño se para o aparta por una cuestión elemental de supervivencia. Viajar tres personas en una moto es lo más común. Cuatro, muy frecuente y cinco es el récord que hemos visto. Incluye niños muy pequeños.

© Riccardo Romano

© Riccardo Romano

Ninguna bicicleta lleva luz (se circula mucho de noche), ni muchos coches, ni motos ,ni camiones ni autobuses. Nuestro propio vehículo se quedó sin corriente eléctrica al final de una tarde, lloviendo. De modo que hicimos un montón de kilómetros sin luz y sin limpiaparabrisas. “No pasa nada, -nos dijo Lalit, el guía- llegaremos al hotel antes de la oscuridad”. Y llegamos, pero en la oscuridad más completa.

© Nikhil Verma

© Nikhil Verma

Un conductor en la India, debe procesar con rapidez estas variables en los adelantamientos: velocidad de su vehículo, del que va delante, del que viene de frente. Si tiene anchura suficiente la carretera para que quepan tres, si tiene arcén por si hay que utilizarlo de vía de escape, si hay vacas u otros animales y si es así, si están tumbados o en movimiento y calcular por tanto, la velocidad de movimiento del tipo de animal. Y todo acompañado por gran exhibición sonora, antes y durante el adelantamiento. Adelantar en curvas cerradas o cambio de rasante con raya continua, es lo común. Y en las autopistas… ¡cambian de sentido con completa indiferencia! Uno de nuestros conductores, se saltó el restaurante fijado para la comida, de modo que en una abertura de la autopista, y ante nuestra completa perplejidad, cambió de sentido y durante unos segundos circulamos con un montón de camiones de frente, hasta que se pudo orillar y salir al restaurante. Operación que volvió a repetirse al reanudar la marcha.

A la entrada de las autopistas unos paneles informativos muestran una relación detallada de las autoridades públicas exentas del pago. Suele encabezar la lista el primer ministro y le sigue una variopinta lista de cargos de toda condición. No se ven apenas policías de tráfico –probablemente porque se ha decidido que los conductores se organicen solos- y

© PnP!

© PnP!

los de las ciudades multan de forma peculiar. A nuestro conductor le pararon en Delhi por algo que no entendimos. Se lo llevaron a un jardín próximo, volvió a por una abultada carpeta y los policías y él se sentaron sonrientes sobre la hierba como para un picnic, pero en realidad estaban negociando el precio de la multa o un pequeño soborno. Cuando volvió, Lalit nos dijo que el arreglo fue posible “por la inocente cara del joven conductor”.

En un delicioso viaje en tren, en la estación, dos propios nos siguieron porque vieron que uno de nosotros tenía algún desperfecto en las maletas. Lo arreglaron en la espera del tren con la eficacia –y picardía- de los mejores profesionales. El revisor en cuanto nos vio, se sentó con Lalit para cobrar la diferencia del precio de los billetes. Desde que la agencia los compró hasta el día del viaje, el gobierno había subido el ¡14 %! el precio de los billetes. El gobierno anterior ha dejado al país arruinado, argumenta el gobierno actual. Una música que nos suena.

J.J.C.

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